De los límites que aparecen en la vida, a la
Libertad de elegir.
¿Cuántas señales tenemos que evitar para encontrarnos con un nuevo portal?
¿Cuántas respuestas automáticas damos antes de preguntarnos “…y esto para qué”?
¿Cuántas lágrimas más, mi amor? ¿Cuántos “¡NO quiero!!” más necesito oir hasta escucharte?
Movidos por la costumbre social, y por el evidente hecho de llegar a este país a buscarnos la vida, un febrero del 2004, inscribimos a nuestro hijo de 6 años en la escuela pública, era obvio: nosotros trabajamos, él va a la escuela. Mas… , él lloraba y lloraba y lloraba, y nos gritaba desde la puerta “¡ No me dejen!!” , la tarea titánica era sacarlo del coche, le seguía arrastrarlo a la entrada, convencerlo hasta entrar en la sala. Y luego desmoronarme y mi llanto y mirarnos y no saber cómo seguir. Que “ya se le pasará” decían las profesoras, “que luego acá está muy bien “, “llora de a ratos nada más”.
Algo no cerraba, se dormía en clase, no entendía nada, decía que su “cerebro” no le funcionaba bien!!, que cuando lloraba algunos chicos se reían y su profesora le decía que ya era grande para llorar. Por norma, no me permitieron acompañarlo los primeros días, tuve que romper mi promesa con él. Cada día nos decía, ” Buscame no te olvides”, se despedía con los ojos llenos de lágrimas, casi 5 meses, hasta terminar el curso.
Empezamos a buscar alternativas, otras escuelas, otros modos, venimos de un país bendecido por las diferentes opciones, una Argentina llena de pensamiento diverso alternativo, y oficial además, pero aquí no, vivíamos en un pueblo y las escuelas son las mismas en cada pueblo y ciudad, con la excepción de las escuela privadas, que se diferencian de las demás por ser más exigentes todavía y privilegiar una cultura sobre otra, como las escuelas alemanas o francesas o inglesas, y nada más lejos de nuestra búsqueda.
Y acá comenzó nuestra Odisea…, comenzó el tiempo de la búsqueda, las preguntas, los miedos, las decisiones. Nuevos cambios en nuestras vidas. Otra vez en el umbral de la elección, seguir insistiendo en lo conocido o atreverse a probar lo que se veía venir como un tiempo de inflexión, se olía el desafío.
Aparecieron en el camino padres en la misma situación, maestros que desde las mismas escuelas se plantean otra educación, padres con bebés y parejas que están en plan de formar familia, todos buscando y probando nuevos modos, estudiando, leyendo, viajando compartiendo experiencias, búsquedas, aventurándose en tomar las riendas de la educación de sus hijos, creando espacios nuevos para probar otros modos. Y allá fuimos, nos sumamos en un proyecto de escuela activa.
Por dos años, con altibajos, viajamos 30 km de ida y 30 km de vuelta, para llevar a Gio a la escuela, y la experiencia fue incomparable. Tuvo más de un mes para acostumbrarse y quedarse en paz, y el tiempo que necesitó no sólo para este comienzo, sino que fuimos aprendiendo a escuchar todo lo que vino después.
Esto significó sacar a Gio de la escuela oficial, por casi 3 años. Aprendimos a vivir entre la incertidumbre, las preguntas de los demás, las nuestras, como “desertores” del sentido común. Y aparecieron la curiosidad, la camaradería, la ilusión por un cambio, los miedos, la aventura. Y transitar entre el viejo y el nuevo paradigma de una educación responsable,autónoma y respetuosa.
Hoy, Gio va a una escuela oficial. Él mismo pidió probar otra vez una escuela “normal”. Lo llevamos a algunas escuelas, rurales y de ciudad, para que eligiera entre algunas que conocimos con proyectos nuevos, eligió con la tranquilidad, y el apoyo de nuestra parte, de probar, y seguir ó dejar, cuando él lo sintiera.
Tengo la certeza, de haber andado el camino que me deja en paz. Volvería a sacar a mi hijo de la escuela, si fuera necesario. No pasó nada y pasó de todo. No pasó nada, porque en más de tres años que no estuvo en una escuela, hoy, tiene más ganas de aprender que nunca. Los fantasmas tan temidos por la sociedad, la soledad, el aislamiento, el analfabetismo, fueron escuchados y tenidos en cuenta, y no fueron un impedimento para seguir en este camino.
Porque de lo que se trata, es de escuchar a los niños, y acompañarlos, sin juzgarlos y sin dirigir sus vidas como si fueran nuestras. Amarlos con lo que elijan, escuchándonos a nosotros mismos, para poder acompañarlos, también desde nuestra elección. Es una búsqueda intensa. Es un camino para hacer juntos.
Qué bonito Gabi! Tiene más pasión tu palabra escrita que tu relato oral!!!!!.
Me encanta como lo contás acá.
Un abrazo del alma!!!!!!!!!!
Tere inés